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viernes, 28 de octubre de 2011

Diente de león -La madre

Malpartit, foto de Gloria Reyna


Hoy para una madre, no existe cielo ni tierra
ajena a todo, sus piernas apenas la sostienen.
la congoja no le cabe en el pecho, toda ella se ha roto
y no quiere dejarlo solo, no quiere dejarlo ir.
Las palabras de consuelo le retumban en la cabeza,
No acaba de creerse lo sucedido,
era un día como cualquier otro
y sólo lo dejó un instante,
Ahí las lagunas de su mente, sólo la dejan recordar los gritos
el mugido de las bestias en el establo
y la imagen de su hijo entre las patas de los animales.
Ya no le reñirá por llenarse los bolsillo con el maíz de las gallinas,
Desmadejado, como un espantapájaros,
allí quedó en el establo.

Recuerda al padre llegando
del campo y abriéndose paso entre las bestias
apartándola a ella de un empujón,
dando puñetazos y patadas a todo lo que
encontraba a su paso hasta que lo recogió
del suelo y salió corriendo y gritando
como un loco en busca del médico.
Pero ella no corrió, se quedo en el establo
mirando como se alejaban,
sabia que era demasiado tarde,
no había nada que hacer
lo sentía así porque minutos
antes de encontrarlo ella ya sentía
en sus entrañas que su hijo estaba muerto.

Ahora dos mujeres la ayudan a seguir adelante
hacia la tapia blanca a la que no quiere llegar,
Intenta no encontrarse con la mirada acusadora del padre.
El sol la ciega, o tal vez sea ese dolor
agudo que cada vez se hace más grande.
¿Por qué a su niño?, ¿por qué a ella?,
¿por qué Dios?
¿Por qué?

-Fin-


viernes, 22 de julio de 2011

Un poema sin fin

Foto de Gloria Reyna



Aunque he arañado el papel
con desespero, no puedo
contársela a nadie
porque es una historia huida,
ha escapado de entre mis dedos
que temblorosos contemplan
la página en blanco.
Dejó sus huellas en mis manos
manchadas de tinta azul y
una infinidad de rayas sin sentido
en la cuadrícula herida.
Mejor así, al fin y al cabo
a quién le importaba una
historia sin fin.

sábado, 9 de julio de 2011

La Galera 2ª parte

Foto de Fernando Reyna


Siete lunas han pasado desde que se lo llevaron mar adentro. Entre el rumor de las olas oye la voz de su compañera que lo llama para que regrese, o tal vez se está volviendo loco como esos hombres blancos que ha visto atarse al palo mayor para no sucumbir a lo que, con el miedo reflejado en el rostro, llaman cantos de sirena.

Añora sus noches de amor junto al fuego, el aroma envolvente de su negra y reluciente piel y las canciones que abrazados se susurraban. Lejos de estas espantosas aguas que una veces asisten silenciosas a su desgracia y otras bramando y saltando sobre la cubierta de la galera, intentan arrastrarlo a sus profundidades.

Intenta recordar el tiempo que ha pasado esclavizado lejos de su hogar. Si pudiera marcaría con sus cadenas ese cielo que ahora parece reflejar el bronce de los cañones.

Poco a poco la bruma se va disipando, los marinos izan velas y colocan el aparejo. El firmamento ilumina sus grilletes, cuánto se parece esta luna a la que le iluminaba el camino en las noches de caza, y a la que le agradecía cada día vivido. No sabé cuando ni cómo, pero está seguro que volverá a ser libre, tal vez bajo otra luna.
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miércoles, 6 de julio de 2011

La galera 1ª parte

Castillo de Montjuic, foto de Fernando Reyna


La galera -primera parte-

Habían partido del puerto de Mahón en la primavera de 1728, con 66 hombres de mar, 90 de guerra y 260 remeros, su mayoría esclavos y forzados. Ahora tras más de un año de ausencia regresaban con apenas la mitad de ellos.

Las enfermedades, los ataques de los piratas y las tormentas habían reducido el número de efectivos a menos de la mitad, únicamente habían podido comprar más esclavos para ayudar en los remos, pues con  el mástil mayor roto y las velas rasgadas les hubiera sido casi imposible regresar. 

Llevan varios días sumidos en una densa niebla y en la noche cerrada, sin estrellas, nada les guia. Navegan lentamente, intentando no desviarse del rumbo correcto. La quietud del mar y el silencio que los rodea, tensan las facciones de los marineros atentos a cualquier cambio repentino, sólo se oye el golpe de las palas que se hunden pesadamente en el agua y el vibrar de drizas.

Con la espalda vencida, apenas mira a los cuatro hombres que junto a él reman esclavizados día tras día, noche tras noche. Tiene los pies entumecidos por el peso de los grilletes y las manos ensangrentadas y doloridas por el remo.

continuará ........

martes, 5 de julio de 2011

Cielo herido

Barcelona, foto de Gloria Reyna


En una tarde de cielo herido,
la inquietud y la esperanza se mezclan
y entrecruzan en ordenada y muda fila.
Imposible adivinar quién es el perdedor 
de esta ruleta invisible y desalmada
que gira sin cesar.

Después de años de servicio,
salió por la puerta de atrás
acompañado por una sonrisa
de cristales afilados y 
por el gélido adiós que se dispensa al difunto
al que, ya hace tiempo, se ha enterrado.

Atareada en la rutina diaria
la calle apenas le presta atención;
uno entre cinco millones carece de interés,
ya está habituada a esos rostros evasivos,
huérfanos de esperanza, que no aciertan a adivinar
cómo se quebró la línea recta e inamovible de su vida.

Sus pasos extraviados
lo arrastran hacia el sosiego momentáneo 
que deja el alcohol en la mente.
Un trago de coraje para enfrentarse 
a esos ojos acusadores y adivinos 
que le esperan y que le duelen más
 que esta tarde de cielo herido.

lunes, 20 de junio de 2011

Un día en el campo 2

Foto de María Alba Reyna

Va por la carretera camino del mercado, con su paraguas, silbando una canción de amor y sus ojos negros brillan esperando el encuentro.
Ahí está ella, con su pañuelo atado a la cabeza y abrigada de la fría mañana con la chaqueta de lana por la que asoma el cuello de una blusa blanca. Como cada día cuando la ve, nota palpitar su corazón. Se resguarda de la fina lluvia bajo el pequeño tejado del chamizo de los apero, desde donde vigila el rebaño de ovejas que pacen dispersas por la suave colina.
Cuando pasa frente a ella, silba más fuerte para que le oiga, ella indiferente apenas mueve la cabeza en señal de saludo.
¡Pues si ella se hace la interesante, él también!. Así que levanta la barbilla y pasa sin mirarla. De repente se gira y echa a correr hacia ella que rauda sube colina arriba.
Se deja atrapar y abrazar. Entre protestas y quejas, juntos resbalan loma abajo. Se besan … o eso cree el caminante que pasa, porque bajo el paraguas negro sólo asoman sus albarcas y sus risas.
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sábado, 18 de junio de 2011

Un día en el campo

Hortensia, foto de Gloria Reyna

Sus ojos brillan unas veces de asombro y otras de contento, incluso cuando el cielo se torna gris
y la niebla cubre el campo. Cada día se levanta con la luz de las estrellas para dar de comer al ganado y ordeñar las vacas. Sonríe mientras piensa en la capa de espesa y blanca nata que quedará cuando hierva la leche y que untada en la rebanada de pan y espolvoreada con azúcar será su desayuno.

Las ventanas y la puerta de azul cobalto destacan entre la lluvia fina que cae sin cesar. Detrás de la casa, al lado del corral, el pequeño y cuidado huerto. De la verja nace un pequeño sendero de guijarros que lleva a la entrada, allí las hortensias son las dueñas.

Ya es hora de ir al mercado. Coge el gran paraguas negro se calza las albarcas y se sube el cuello de la pelliza. Cualquiera que lo vea ir, por la vieja carretera que lleva al pueblo, pensará que le ha tocado la lotería, pues allá va canturreando con su sonrisa y esos ojos negros que siempre le brillan.
Continuará .........
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lunes, 6 de junio de 2011

En la noche 2

Foto de María Alba Reyna

Nadie la oye entrar, ni la verja grita ni la hierba tiembla. Los árboles que rodean la casa y que en verano la protegen del sol, no se estremecen cuando la hoja recién afilada pasa entre ellos. Las cigarras siguen con su peculiar concierto ajenas a la ira contenida de unos labios que a duras penas disimulan su impaciencia. La mano derecha aprieta el mango de madera con el afán de quien se agarra al cuello de su presa.

Todo lo tiene calculado, primero el hombre; sólo un golpe con todas sus fuerzas. Después la mujer que sin tiempo a reaccionar no tendrá alternativa, sólo morir. La niña la última. Tal vez si no está muy cansada pueda hacerlo con sus manos. Sentir que la vida le pertenece y la muerte también.

Sentada en el suelo no sabe cuanto tiempo hace que terminó su trabajo, pero no quiere marcharse sin recrearse en esos cuerpos extrañamente reconstruidos, son su obra y, para ser la primera vez, no le ha ido nada mal. Todavía nota ese calor que le subió a la cara con el primer hachazo, y seguro que si ahora hablase con alguien la voz le temblaría de la emoción. Las manos le duelen, pero ha valido la pena.

Un gallo canta en la lejanía ignorando la tragedia. Ya empieza a amanecer en el pueblo; en uno de esos pueblos donde nunca pasa nada, donde todos se conocen, o eso creían hasta hoy.

sábado, 4 de junio de 2011

En la noche

Foto de Antonio Marset



Noche de quietud y ternura.

Una madre acuna a su hijo lo arropa y le besa la frente. Una última mirada para ver la carita mofletuda que asoma entre las sábanas. La puerta entornada en previsión de cualquier queja o llanto.

El silencio se adueña de la casa, solo el crujido de la madera bajo los pies descalzos y el tenue sonido de las luces que se apagan.

La brisa del mar entra sigilosa por las rendijas de los porticones.

Nadie la oye.